La deuda mediática al Papa Ratzinger

Rixio G Portillo.- @Rixiogpr. La historia nunca se escribe inmediatamente, siempre los hechos y los personajes intervienen y el juicio de los pensadores es posterior a lo sucedido, de tal manera que intentar describir la persona de Joseph Ratzinger con motivo de la celebración de su noventa cumpleaños no es cosa fácil.

Evidentemente Benedicto XVI pasará a la historia por la sorpresiva renuncia al pontificado el 1 de febrero del año 2013, hecho que no tiene parangón en la era moderna, el mismo Osservatore Romano lo ha definido como una decisión sin precedentes, pero que en sí solo demuestra la humildad y sencillez de un hombre que reconoce el no tener las fuerzas necesarias para el gobierno de la Iglesia. 

El momento fue confuso y muchos no podían creer que sucediese, ya que es muy difícil pensar en renunciar al poder, claro, cuando no se concibe como un servicio a los demás.

La Rai recientemente ha puesto al aire un documental sobre la figura del Papa Ratzinger, “Benedicto XVI, un revolucionario incomprendido”, porque efectivamente la renuncia fue un gesto revolucionario, sin embargo no fue la única revolución del pontífice alemán.

En el documental el historiador italiano Elio Guerriero, director de la Revista en versión italiana Communio, promovida desde su fundación por Hans Urs von Balthasar y el mismo Ratzinger, afirma que Benedicto XVI ha tenido “el coraje de la impopularidad”, debido a la mirada equivocada que la prensa tenía sobre el pontífice, y por ende, buena parte de la opinión pública.

Sin embargo si algo hay que resaltar realmente de Benedicto XVI es su amor a la verdad y su transparencia como persona, que no escondió ni ocultó los problemas, sino que al contrario los asumió como parte de esa difícil tarea de navegar la nave de la Iglesia que había descrito en el Vía Crucis en el Coliseo en el año 2005: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!”. 

Y es en ese contexto de pecado entran los abusos de menores por parte del clero, que el mismo Ratzinger tuvo que combatir y enfrentar, refomando en tiempo de cardenal parte de la legislación al respecto, e inclusive publicando un apartado en el sitio web de la Santa Sede con un compendio con todas las decisiones tomadas.

Los episodios de Ratisbona, su declaración sobre la distribución de preservativos en África, el levantar la excomunión a los lefrevianos y los penosos vatileaks, solo evidenciaron que Ratizinger era el primero en salir al paso a las incomprensiones de la prensa.

De Benedicto XVI también resalta su amor a la liturgia, y su luminoso magisterio que continua siendo referente de sana doctrina para futuras generaciones, con las que enseñaba los temas más álgidos de la teología con la sencillez del maestro que después de la resurrección “explica las escrituras” a los turbados discípulos de Emaús.

El vaticanista Andrea Tornielli en su libro sobre la biografía de Benedicto XVI “El custodio de la fe” afirma que ante el expandido pontificado de Juan Pablo II muchos afirmaban un pontificado de transición, sin embargo “la historia reciente enseña como puede haber transiciones inesperadamente revolucionarias”.

De allí que del silencioso revolucionario Ratzinger pueda resaltarse también la sencillez y humildad con la que abrió el camino para la institucionalización del “papado emérito”, en una figura que se bien es cierto aparecía en el Derecho no había legislación práctica para desarrollarlo.

Una de las mejores anécdotas que describen a Josehp Ratzinger, el humilde trabajador de la viña del Señor, la comenta el cardenal Angelo Scola en la presentación de la edición  del libro “Mi Vida”, autobiografía del cardenal alemán, custodio de la fe en el pontificado de Juan Pablo II, realizado por el hoy arzobispo de Milán, en el que describe un encuentro con el cardenal bávaro en un restaurante alemán:

“Con su trato delicado, – Ratzinger- nos explicó el menú: una larga secuencia de suculentos platos bávaros, parecía conocerlos bien. (…) Recuerdo bien que pregunté a nuestro anfitrión que nos aconsejaba: pacientemente empezó a ilustratranos sobre cada plato de la lista, animándonos a probar más de uno para que nos hiciésemos una idea de la cocina bávara. – Posterior- Ratzinger cerró el menú diciendo al camarero algo así como: para mi lo de siempre. El camarero nos sirvió antes a todos nosotros – prosigue Scola- con meticulasidad alemana, y al final llevó al conocido teólogo un sandwich y una limonada”.

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